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" Recuerdo que, en mi adolescencia, vi a mi mejor amiga mirándose abstraída al espejo, esperando impacientemente ver algo más. Le escribí una carta en la que le decía lo bella que era, ella y su reflejo, parecía una Blancanieves con cabello largo. Al siguiente día, me gritó enojada “qué demonios es esto” y la rompió frente a mí.

Una vez, mi primer novio, me preguntó si lo amaba. Sentí pánico, pues no era una conversación para abordarse tan pronto. Le dije que no, no me importaba ni lo suficiente como para mentirle. Se puso a llorar.

Muchos meses atrás me besó alguien y yo podía saborear mi propia tristeza mientras pensaba en probarme a mí misma que estaba equivocada y que disfrutaba de sus labios. Creo que mi mamá me escuchó sollozar esa noche.

Hace poco alguien me dijo que me quería y doy gracias que no me vio llorar porque me di cuenta que yo también sentía lo mismo después de mucho tiempo siendo un hielo.

A mi abuelita le gusta escuchar la canción de El muelle de San Blas de Maná, la he visto sentarse en la cocina, cerrar los ojos y tomar su propia mano. Su primer amor la dejó embarazada y le prometió volver, no supo más de él. Tiempo después conoció a mi abuelo.

Cuando tenía 16 años, mi amiga (la Blancanieves) nos contaba en el cine, mientras esperábamos que comenzara la película, que había tenido relaciones sexuales por primera vez la noche antes. Le pregunté que qué le había parecido, dijo que fue increíble. Después, me pasé los siguiente 130 minutos preguntando:
—¿Por qué lloras?
—No lo sé —contestaba.
—¿Algo pasó? ¿Qué pasó?
—Nada.
—¿Por qué lloras?
—No lo sé, no lo sé.

Un año después entendí.

Parece que siempre llueve cuando amas. "
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